¡El Arte ha muerto, viva Art Basel!

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Quiso el destino que mi último viaje a Suiza coincidiera con Art Basel, la feria de arte más famosa y selecta del mundo. Allí se dan cita 286 galerías luego de haber pasado un filtro finísimo, en donde 514 quedan fuera.

El negocio es tan lucrativo que alrededor de este acontecimiento florecen durante esos días otros sucesos y exposiciones que pretenden llevarse algo del pastel, aunque sean las migas.

Así que me dirigí con toda la curiosidad a cuestas, a ver de qué se trataba tan renombrado evento, al que se accede luego de pagar 50 €.

De ahí en más los precios de todo lo que hay dentro del recinto entran en el territorio de lo absurdo: obras y cafés. Da igual, una vez cruzado el acceso, el mundo que nos aguarda no tiene relación con el exterior.

Adentro nos esperaban básicamente dos espacios gigantescos: uno dedicado a las galerías y el otro llamado Unlimited, en donde se podían ver obras que por su presentación o por su tamaño no podían caber en ningún stand tradicional.

Ahí me encontré por ejemplo con el remake del urinario de Duchamp: un lavabo del que salía agua de color celeste. La gente hacía fotos, daba igual a qué.Yo hice una foto a otra persona que le hacía una foto al objeto. Muy posmoderno todo.

Mientras recordaba anacrónicamente a Miguel Ángel, como reaccionaría si se levantara, tenía fama de ser un hombre bastante colérico. Que sí, que ya sé que no estamos en el Renacimiento, pero es que ese pensamiento me atormentaba.

La mayoría de las obras eran de tamaño monumental, un pequeño adelanto de lo que encontraríamos arriba.

Ya bastante desanimada y cansada me dirigí a la sección de las galerías, a ver si encontraba algún cuadro, una escultura, algo… Sí, había algunos.Pero más bien eran obras así:

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En líneas generales lo que Art Basel presentó fueron objetos de factura industrial, de colores chillones y en formato desmesurado. La mano del hombre fue la gran ausente, con excepción de su aparición a la hora de romper, rajar, incendiar.

¿Era “el concepto” el rey de la fiesta? No, tampoco, a los artistas les interesaba bastante poco el concepto, tan poco como la factura. El objeto, la cosa, debía ser llamativa y esto se lograba por medio de recursos agresivos, por el uso del kitsch o por el absurdo. Muchas veces estos tres elementos se reunían dando lugar a una pieza horripilante.

El Dadaísmo era un juego de intelectuales y además perteneció a una época en la que sí tenía un sentido, nos guste personalmente o no el resultado.

Este dadaísmo de after no tiene mucho sentido de ser, al menos a nivel artístico.

Avelina Lésper, una de las pocas críticas disidentes, apela a la denominación de “arte contemporáneo VIP” para describir lo que se encuentra aquí: “Gracias al producto que venden las ferias dan la falsa apariencia de ser una actividad cultural, y no lo son, se puede ver arte verdadero pero básicamente son un negocio de compra-venta directa. La diferencia con otras ferias, por ejemplo las de tecnología, es que aquí timar al cliente no solo está permitido, es un aliciente comercial. Siempre va a existir alguien que crea que ceder al fraude de un grupo de oportunistas aporta estatus social y que el encanto personal aumenta al sacar la tarjeta black y pagar por una colección de tapas de botella o de patos de goma” 1

Me resultó muy extraño el hecho de que galerías importantísimas que representan a artistas excelentes, se hubieran decantado por llevar este tipo de arte. Evidentemente yo estoy tan lejos de esas esferas, que no me entero de las razones probablemente estratégicas de estas decisiones.

Lo que sí puedo decir es lo que sentí: no ya una sensación de estafa, porque estoy acostumbrada al arte moderno e iba preparada para ver cosas de ese estilo, pero no tantas, no prácticamente todas. Desconcierto, quizás esa es la más cercana.

Si tal como se dice muchas veces, los artistas reflejan el espíritu de su época, Art Basel nos muestra en toda nuestra vacuidad: una marquesina para anunciar el teatro de la nada.

Evidentemente parte de eso somos, nuestra sociedad está basada en las apariencias, pero por suerte, en ferias con menos renombre, en galerías comunes, en centros culturales, en internet, podemos ver que otro arte es posible. El de gente que lo produce con sus propias manos, que le pone alma e intenta aprender cada día más sobre las técnicas que utiliza.

Ese arte que sí puede ser una mercancía, y no tiene por qué avergonzarse de serlo, pero sobre todo es una mirada profunda a nuestro interior porque conecta con lo más íntimo de nosotros.

Como regalo, la única obra que me gustó, de los artistas Elmgreen & Dragset,representados por König Galerie.

elmgreen & dragset - dawn -

“Dawn”, resina epoxi y laca blanca mate. 113 x 38 x 34 cm.

1 “Demasiado arte”, Avelina Lésper, 4 de abril de 2015, http://www.avelinalesper.com/2015/04/demasiado-arte.html