¿Qué es mejor para el artista: vivir en el campo o en la ciudad?

Esa pregunta me rondaba desde hace mucho tiempo, pero imposibilitada de confirmarla en la práctica, allí quedó hasta el año pasado.

Dejé Barcelona por un año y me fui a vivir a Francia, a las afueras de un pequeño pueblecillo en la frontera con Suiza.

Me devolvieron la naturaleza y el espacio, el levantarme sin prisas cada mañana, sin cumplir un horario.

Era la primera vez en mi vida que no trabajaba o estudiaba. Tenía todo el tiempo para mí.

Preparé pan casero, jugué con mi perra en el jardín, observé la vegetación como hacía tanto que no lo hacía, me embelesé con la maravilla de la nieve. La miré por primera vez no como esquiadora, sino como habitante.

Por primera vez dibujé y esculpí porque realmente quería hacerlo, disfrutándolo como pocas veces antes. Sin culpas, remordimientos, fechas de entrega, preocupaciones por horneadas fallidas, y tantos miles de obstáculos que siempre me acompañaron sin que me diera cuenta.

elegida

La creación es para mí una forma de supervivencia. Dibujo cuando me cuesta respirar, escribo cuando mi mundo se da vuelta y no sé cómo mantenerme en pie.

Es verdaderamente un acto de supervivencia y por eso tiene tantos altos y bajos.

El arte lo impregna todo en mi vida: mis aficiones, mi tiempo libre, mis conversaciones. Soy consciente de esto y quizás estuviera bien dar una vuelta por terrenos diferentes, pero de momento sigo visitando exposiciones.

Y entonces pasaron 3 meses. Mi vitamina D bajó drásticamente por falta de sol, lo que me producía mucho sueño y cansancio.

Me di cuenta de cuánto me había estado contaminando la ciudad. Su publicidad constante, la conectividad permanente, la cantidad de obligaciones aburridísimas que siempre se acumulan. La obligación de tratar con la gente. Sí. Algo cambió en mi forma de ver las relaciones, decidí descartar a quienes no me proporcionaban nada ni siquiera a la distancia, manteniendo los lazos con quienes sí me seguían aportando.

de ida

Menos gente. El arte avanzaba.

Mi trato con la gente se retraía. En este pueblo no había siquiera un café. Empecé a echar de menos a la cultura. A falta de cine, buscaba en la cartelera obras de teatro con avidez, pero resultaban ser pequeñas comedias musicales que empeorarían más mi estado.

Y fue entonces cuando me di cuenta que sin el estímulo del arte ajeno y de la cultura producida por otros, me agoto.

Por más proyectos que pueda tener en mente, mis manos se niegan a llevarlos a cabo. Simplemente no les encuentro sentido.

La cultura es mi combustible, suena tan snob que da risa. Quisiera decir que mi motor es la naturaleza, pero tal como dice Cortázar: No se fíe, che, de la contemplación absorta de un tulipán cuando el contemplador es un intelectual. Lo que hay allí es tulipán + distracción, o tulipán + meditación (casi nunca sobre el tulipán)”.(Julio Cortázar, Un tal Lucas).

Saber quién es Raskolnikov me devuelve una parte mía, visitar una buena librería me ayuda a completarme. Comprar un libro de Amélie Nothomb en su lengua original, define mis bordes, mis perfiles. Dios, qué snob.

Pero así fue como empecé a desdibujarme. Ya no me alcanzaban los horizontes verdes y las mañanas de nieve, ni los libros de Boris Vian. No tenía ganas de dibujar, simplemente ya no le veía el sentido. Aun teniendo tiempo y materiales, el objetivo había desaparecido. No tenía con quién conversar sobre estas cosas, a quién preguntarle si los colores elegidos serían los correctos, nadie me explicaría qué hacer con tantas piezas después de terminarlas.

El arte tiene características muy especiales, y una de ellas es que algunos de nosotros realizamos cosas sin saber qué haremos con ellas después. La necesidad de crear es tan grande que la finalidad queda justamente para el final. Primero hago, luego decido qué hago con lo que he hecho.

Mis conclusiones son: 6 meses de soledad, sí; 1 año de vida alejada de la ciudad pero con una pequeña comunidad de artistas no muy lejana, sí; 1 año de vida alejada de la ciudad pero con una ciudad cercana culturalmente activa, sí.

Fantasía bucólica de vida artísticamente solitaria e independiente, huele de lejos a fracaso, aburrimiento, ruptura amorosa, persona en permanente albornoz y pantuflas.

Para conservar un mínimo de dignidad, al menos estéticamente, antes de marcharte al pueblo pequeñito-ideal-para-crear-y-criar-tus-gallinas-ponedoras, asegúrate de tener una sala de conciertos cerca.

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