Arte y amistad hasta el final: “Mi obra maestra”

Ayer vi la película “Mi obra maestra”, y obviamente no soy crítica de nada, y mucho menos de cine.

Pero sí soy artista y cuento con poquísimos amigos que me acompañarían hasta el final del mundo. Eso ya me pareció suficiente como para escribir sobre lo que sentí.

Es una película argentina de 2018 escrita por Andrés Duprat y dirigida por Gastón Duprat, quien también dirigió “El ciudadano ilustre” y “El hombre de al lado”. La misma está protagonizada por Guillermo Francella y Luis Brandoni.​ Fue seleccionada para participar en la 75° edición del Festival de Venecia en la sección oficial.

Imposible hacer un spoiler porque tiene tantas interpretaciones como espectadores: recorre tantos valores humanos a través de la tragicomedia, que sacar una única conclusión sería necio.

Lo que se puede adelantar es que los protagonistas son un artista mayor de convicciones férreas y su galerista, amigo de toda la vida.

Ni siquiera los trailers hacen honor a su contenido, ya que están hechos para vender, tomando algunos de los momentos más hilarantes, pero no por ello más trascendentes.

Tampoco las sinopsis que la explican, no por lo menos para quienes sienten profundamente y ven más allá de una historia entretenida.

Es una obra sorprendente, llena de giros, en donde lo que predomina es la importancia del arte y la amistad ante todo.

Podría hablar de las excelentes actuaciones, de los guiones ajustados, de la fotografía fuera de serie, pero lo que más me tocó fue la historia.

Ojalá todos tuviéramos una pasión como aquella y tan solo, al menos, un amigo, como ese.

Link Trailer: “Mi obra maestra”

mi obra maestra

 

 

 

“Encuentra lo que amas y deja que te mate”

Pocos artistas tienen la suerte de contar con el apoyo de sus padres al elegir su carrera.

Las razones son miles, cada una más “lógica” que otra: ¿de qué vas a trabajar? Eso no es un trabajo, es un hobby, búscate algo serio y en tu tiempo libre pintas o haces lo que te de la gana, vas a terminar vendiendo anillos de alambre en las ferias de artesanos (pobres), etc.

También puedes encontrarte del lado de tu interlocutor con una risa genuina que muestra qué absurda le resulta tu propuesta de vida.

En mi caso me costó un rato convencer a mi padre de que no era una broma (al parecer la más graciosa hasta el momento).

A mi madre no le pareció tampoco una excelente idea, pero viendo que mi decisión era inamovible, me apoyó incondicionalmente hasta el día de hoy.

Nadie que no haya estudiado una carrera artística: sea artes plásticas, música, teatro, cine, danza, etc; podrá imaginarse la cantidad de razones que se deben dar para justificarse.

Generalmente si te preguntan por qué elegiste esa carrera es para saber qué parte de tí estaba fuera de la realidad, y para tener como respuesta una disertación pintoresca.

Somos pintorescos.

A menos que triunfemos. Económicamente.

Doy clases de arte a adultos desde hace 15 años, la mayoría odia su trabajo y a veces su sesión de escultura es uno de los pocos momentos de la semana en que es feliz. Un porcentaje grande hubiera querido dedicarse al arte. Otro porcentaje no desdeñable tiene talento.

He observado que alrededor de los 30 años un grupo entra en crisis: estudiar abogacía fue una pésima idea, nunca te gustó y te explotan en un buffet con un contrato basura. Ninguna de las carreras que antiguamente aseguraban el sustento pueden continuar haciéndolo.

Tus padres te dijeron que estudiar música era una pésima idea…¿y quién se dedica a hacer vidrieras en el s. XXI?

Hoy tienes un master en ciencias medioambientales y trabajas en un supermercado esperando a que la suerte cambie. Lo que sigue incombustible es tu placer por dibujar…

Por suerte una pequeña porción se decide a tirar todo por la borda y a dedicarse a estudiar arte. El orgullo que me produce poder haberle trasladado mi amor por lo que hago es inmenso. No creo que yo provoque una decisión, simplemente me conformo con decirle: “no estás loco, no estás solo”.

espejo

“Espejo”, Natalia Fürst, acrílico y lápiz sobre papel. 50x70cm.

Hace unos meses me topé con el libro “Instrumental”, de James Rhodes. Lo devoré, pero con cuidado, en pequeñas porciones: es tan real, tan consistente, tan subversivo, que corría el peligro de intoxicarme. Es el canto a la vida más brutal que he experimentado en los últimos años.

James cuenta que a los 7 años descubrió un cassette de música clásica y desde ese día supo que quería ser concertista de piano.

Pasó años evitándolo, hasta que el dolor de no tocar fue más fuerte que el miedo al dolor de hacerlo.

Y ahí recupera al gran Bukowski, que cada día me parece que toma más y más sentido:

bukowskiNo creo encontrar mejor frase para terminar.